El tango se enroscaba y desenroscaba en lentas volutas de dos por cuatro, jadeaba un ratito, bostezaba con el bandoneón y luego proseguía deslizándose trabajosamente y arrastrando a cinco o seis parejas en su ritmo asmático.
Abel buscó con la mirada a la mujer entre las mesas que rodeaban la pista. La descubrió en un rincón. Estaba sola.
Una atontada sonrisa parecía clavada en la cara demacrada, como si el esfuerzo de acomodar los músculos faciales fuero algo obligatorio, impuesto desde afuera. Tenía los ojos muy abiertos: dos pozos oscuros sin fondo y sin reflejos. El pelo, de un sospechoso color cobrizo, se alzaba sobre la cabeza en un complicado peinado de rulos superpuestos. Abel recordó – las manos se le humedecieron de pronto – que la semana anterior, en un cuartucho de Pichincha al setecientos, antes de desnudarse, ella se había despojado de esa especie de torre rococó mostrando sus verdaderos cabellos, finitos y ralos como pelusa de bebé, que cubrían apenas un cráneo pequeño y redondo…..
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Un libro de Eduardo Gudiño Kieffer: Será por eso que la quiero tanto. EMECE (1.975) Buenos Aires como obsesión, un mapa de la ciudad en las contratapas y cuentos como barrios desparramados. El cuento se llama: El palacio de las Flores.
Bellísima foto de Sandra Sue