Jacobo Regen , genial poeta salteño (Quijano-1.935) – “Poemas reunidos” y Jorge Drexler, un uruguayo poeta y músico, “Milonga para un moro judío” , con uno de los objetos de Juan Andrés Videla.
FANTASMAS
Tan solo mis fantasmas 
saben lo que sucede
conmigo. Yo lo ignoro.-
PALABRAS
Sólo te pido que recuerdes
la luz de aquel amanecer
que hemos amado tanto.
He derrochado contigo
tantas palabras que creíste
ciertas,
que palpitaban,
que vivían
y amé en ti mis palabras.
Cuando dejé de amarlas,
te perdí.
ANUNCIO
Será recompensada la persona
que me devuelva una sonrisa
cuando le diga que yo aún la quiero
y que no importa si me odia
después de haberme amado
por equivocación.-
Este país, saturado de juventud, tiene una especie de perennidad aristocrática propia de los seres que no necesitan avergonzarse y pueden moverse con facilidad.

Hablo solamente de la juventud porque la característica de la Argentina es una belleza joven y “baja”, próxima al suelo, y no se la encuentra en cantidades apreciables en las capas medias o superiores. Aquí únicamente el vulgo es distinguido. Sólo el pueblo es aristócrata. Unicamente la juventud es infalible. Es un país al revés, donde el pillo vendedor de una revista literaria tiene más estilo que todos los colaboradores de esa revista, donde los salones –plutocráticos o intelectuales- espantan por su insipidez, donde al límite de la treintena ocurre la catástrofe, la total transformación de la juventud en una madurez por lo general poco interesante. Argentina, junto con toda América, es joven porque muere joven.
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“Diario Argentino” de Witold Gombrowicz, un polaco genial que estuvo 20 años en el país. Adriana Hidalgo Editora (2.001).
Foto enviada por “Manos x Hermanos” - www.manosxhermanos.org
El tango se enroscaba y desenroscaba en lentas volutas de dos por cuatro, jadeaba un ratito, bostezaba con el bandoneón y luego proseguía deslizándose trabajosamente y arrastrando a cinco o seis parejas en su ritmo asmático.
Abel buscó con la mirada a la mujer entre las mesas que rodeaban la pista. La descubrió en un rincón. Estaba sola.
Una atontada sonrisa parecía clavada en la cara demacrada, como si el esfuerzo de acomodar los músculos faciales fuero algo obligatorio, impuesto desde afuera. Tenía los ojos muy abiertos: dos pozos oscuros sin fondo y sin reflejos. El pelo, de un sospechoso color cobrizo, se alzaba sobre la cabeza en un complicado peinado de rulos superpuestos. Abel recordó – las manos se le humedecieron de pronto – que la semana anterior, en un cuartucho de Pichincha al setecientos, antes de desnudarse, ella se había despojado de esa especie de torre rococó mostrando sus verdaderos cabellos, finitos y ralos como pelusa de bebé, que cubrían apenas un cráneo pequeño y redondo…..
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Un libro de Eduardo Gudiño Kieffer: Será por eso que la quiero tanto. EMECE (1.975) Buenos Aires como obsesión, un mapa de la ciudad en las contratapas y cuentos como barrios desparramados. El cuento se llama: El palacio de las Flores.
Bellísima foto de Sandra Sue
Soñé que era un extraño marchante: era un marchante de aspectos y apariencias. Los coleccionaba y los distribuía. En el sueño acababa de descubrir un secreto. Lo había descubierto solo, sin ayuda ni consejo de nadie.
El secreto era entrar en lo que estuviera mirando en ese momento –un cubo de agua, una vaca, una ciudad (como Toledo) vista desde arriba, un roble- y, una vez dentro, disponer del mejor modo posible su apariencia. Mejor no quería decir hacerlo más bonito o más armonioso, ni tampoco más típico, a fin de que el roble representara todos los robles. Sencillamente quería decir hacerlo más suyo, de modo que la vaca o la ciudad o el cubo de agua se convirtieran en algo claramente único.
Hacer eso me agradaba, y tenía la impresión de que los pequeños cambios que realicé desde adentro agradaban a otros.
El secreto para introducirse en el objeto y reordenar su apariencia era tan sencillo como abrir la puerta de un armario. Tal vez simplemente se trataba de estar allí cuando la puerta se abriera sola. Pero cuando me desperté, no pude recordar cómo se hacía y me quedé sin saber cómo se entra en las cosas.
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John Berger – “El tamaño de una bolsa” – Taurus (2.004)